Recordación y repetición del Nombre de Dios

(Divino Discurso por la Conferencia de Bal Vikas. 21-nov-1979)

Namasmarana (recordando el nombre de Dios)

La repetición del nombre y la meditación permiten lograr la paz mental

«Cualquiera que sea el embrollo en el que el hombre se vea atrapado, si se absorbe en el Nombre del Señor quedará libre; además, por este medio podrá realizar inequívocamente el Nombre y la Forma a través de los cuales podrá recordar constantemente al Señor. No hay la menor duda de esto. Las prácticas espirituales del yoga, las relacionadas con la respiración (pranayama) o el ascetismo (tapas), están erizadas de peligros y trampas a cada paso. Pero en la práctica de repetir el Nombre Divino, meditar o recordar al Señor, no hay posibilidad de caídas o cualquier otro peligro. La primera práctica difiere según la casta o religión, pero en la esencia de la disciplina de la repetición del Nombre no hay el menor vestigio de tales distinciones. Los hindúes, musulmanes o cristianos pueden discrepar en muchos puntos, pero son uno en glorificar el Nombre del Principio Divino. Todos dan un nombre al Dios único, aunque el idioma en que lo expresen sea diferente. Todos recitan, repiten y recuerdan el nombre como se dice en su lenguaje particular. Cada uno da vuelta a las cuentas del rosario que exista en su religión, pero para cada uno de ellos, no hay nada tan fructífero, tan universal o tan sagrado entre las disciplinas espirituales, como la repetición del Nombre Divino, la meditación y el recuerdo del Señor.

El Señor y su Nombre son uno solo, pero la dulzura del Nombre rara vez se encuentra en la Forma. Al traer a la memoria el nombre de la flor «rosa», su fragancia, sus pétalos delicados, la intensidad de su matiz es lo que se recuerda; sus espinas y el trabajo que a uno le costó obtenerla quedan totalmente olvidados. Pero si uno se pone a considerar la planta de la que proviene, sus hojas y ramas, es probable que se olvide de la flor que es lo más importante, hermoso y atractivo y sólo se hablaría de «la planta». Veamos otro ejemplo: tan pronto como se dice «mango», uno recuerda su dulzura incomparable. Sin embargo, si el mango lo tenemos en la mano, surge la duda sobre si estará dulce o desabrido; después examinaremos la cáscara, la fibra, el jugo, el hueso, etc. Cuando sólo se dice el nombre, todas estas características no acuden a la memoria; sólo la dulzura. Tal es la diferencia entre el Señor y el nombre del Señor. La esencia pura de la dulzura está en el Nombre. En el caso de la Forma, hay probabilidad de que surja el temor mezclado con el respeto, y hasta que aparezcan algunas veces atributos que dan pavor. He ahí otra razón por la que el Nombre del Señor se evoque más que su Forma. Es por medio de la riqueza del Nombre que el artículo «la Forma del Señor» se obtendrá. La riqueza es necesaria para obtener cualquier artículo en el mundo; consecuentemente, la riqueza es superior a los artículos adquiribles por medio de ella; éstos se pueden conseguir en cualquier momento. Así también, si la riqueza emanada del Nombre se acumula metódicamente, se podrá realizar fácilmente y sin obstáculos al Señor a través del sendero de la meditación.

Otro atributo especial de la repetición del Nombre del Señor (namasmarana) es éste: es posible adquirir diferentes poderes ocultos (siddhis) a través del yoga y de la austeridad, pero hay grandes probabilidades de que, una vez alcanzados estos poderes, se olvide al Señor. Cegados por su orgullo, algunos individuos tal vez dejan escapar lo más fundamental de la conquista lograda a través de sus prácticas espirituales. Pero con la recordación, la repetición del Nombre del Señor y la meditación no sucede así; no hay tales peligros acechando el camino, ellos tres hacen que el Amor crezca más y más en el hombre. Por medio del Amor se llega a la Paz. Una vez que la Paz, es decir, la paz mental, se ha alcanzado, todos los demás estados se obtienen automáticamente; por medio del yoga y las austeridades, poderes extraordinarios; por medio del recuerdo del Señor, la adoración al Señor y la meditación, amor extraordinario; tal es la diferencia entre los dos.

Sin embargo, uno debe tener cuidado de no discutir estos métodos con cualquier persona; porque para cada uno su camino es el mejor. Si se le consulta a alguien que sigue un sendero diferente, censurará la práctica de la repetición del nombre del Señor y la meditación y los tratará con escaso respeto. Los menospreciará como algo muy elemental; verá a los aspirantes espirituales como párvulos. Como resultado, ¡uno empezará a dudar de la eficacia del camino que escogió! Y donde antes encontraba alegría, ahora surgirán preocupaciones; donde había amor, sentirá disgusto. Por tanto, reflexionen en su interior cuál sendero es el más dulce, o aproxímense a aquéllos que han probado el néctar del nombre del Señor y pídanles que les describan los detalles de sus experiencias. No discutan estos temas con cualquier persona que conozcan. El tiempo que se emplea en estas discusiones puede ser mejor utilizado en el cultivo de la alegría, evocando mentalmente muchas veces el nombre y meditando en la Forma del Señor. Sopesar los pros y los contras, comparar puntos de vista para determinar cuál es el más válido, sólo puede concluir con la pérdida de todo lo que se progresó con grandes esfuerzos, a través de la práctica espiritual. Mientras no sean muy experimentados, recuerden siempre el Nombre del Señor y repítanlo imperturbables, con firmeza, ya sea que estén solos o en la compañía de otros devotos. Después, nada podrá hacerlos titubear. ¡Observen a los peces! En sus primeras etapas de crecimiento, crían a sus recién nacidos en un lugar tranquilo y poco profundo; más adelante los empujan hacia el mar abierto, agitado y plagado de criaturas peligrosas. Entonces, las crías aprenden a sobrevivir valerosamente y a crecer sin temor alguno. Si se les hubiese criado desde pequeños en el mar abierto, con toda seguridad habrían sido devorados, incluso por los peces más inofensivos. Así, el nombre del Señor, su repetición y la meditación se deben practicar con gran cuidado, siguiendo una rutina bien planeada y sin discutirla con los demás.

Hoy en día, muchos aspirantes a la vida espiritual descartan la repetición del Nombre del Señor (namasmarana) y se dedican al yoga y pranayama (control de la respiración).

Estos están llenos de peligros. Es difícil practicarlos correctamente, y aun cuando se practiquen correctamente, conservar y proteger sus frutos es mucho más difícil.

Si el pescador arroja la red a la orilla del río mientras trata de atrapar peces con sus manos en el agua, ¿puede esperar que haya presa en la red a su regreso? Abandonar la práctica de la repetición del Nombre, así como la fe en ese sendero para hacer yoga y austeridades es tan necio como tratar de atrapar peces por medio de este método. Si se adopta el Nombre como refugio y medio de sustentación, se puede realizar al Señor mañana, si no hoy mismo. Si se conoce el nombre de una cosa, ésta se puede adquirir fácilmente. Pero si no se sabe su nombre, aunque ella esté frente a nosotros, no la podremos reconocer. Por tanto, repitan el Nombre sin cesar y sin claudicar. Por medio del Nombre, se desarrolla Amor (Prema); a través del Amor, se puede practicar la meditación del Señor. Si el Amor está hondamente arraigado en nosotros, el Señor, que está compuesto de Prema (Amor) se vuelve nuestro. No importa cuántos caminos existan para realizar al Señor, no hay ninguno que sea tan fácil como éste.

Nótese esto: cuando en un lugar hay alguna enfermedad endémica, el medicamento que la puede curar también se encuentra en esa región, y en mayor concentración que en otras partes. Aunque después de una búsqueda minuciosa ese elemento se pueda hallar en otras tierras, no será tan eficaz o no se dará con la misma abundancia. También, en el Kali Yuga, la era que vivimos actualmente, se puede obtener el remedio para las enfermedades que nos aquejan: a través del yoga, los males de la injusticia, la inmoralidad y la falsedad que infectan al mundo se pueden erradicar. Por esta razón, los Sastras (Escrituras religiosas) han estado proclamando insistentemente, con un énfasis cada vez mayor, que en esta era de Kali no existe otra salvación que el Nombre del Señor. Por esta circunstancia, de los cuatro yugas, el Kali Yuga (ciclo de 1200 años divinos) (1) es el mejor. El Nombre del Señor, su repetición y la meditación extirpan el mal de la humanidad; ellos tres guardan y protegen la naturaleza humana. Por lo tanto, los frutos de la meditación son más grandes que los que se acumulan con mayor dificultad a través del yoga o de austeridades o la práctica del control de la respiración.

En todo lo que se relaciona con el desempeño de una labor, la atención concentrada es de gran importancia. No es correcto decir que las cualidades y logros necesarios para el progreso temporal y el progreso espiritual son diferentes entre sí. El progreso espiritual es precisamente la purificación de lo temporal. El éxito o el fracaso en cualquiera de los dos depende de la concentración, la cual también es disciplina espiritual. Hay dos caminos que la práctica espiritual puede tomar: hacia ningún punto, o hacia puntos múltiples. El primero es el nivel del sueño. El segundo es el resultado de dirigir la visión, con los ojos abiertos, a toda la Creación y los paisajes que nos ofrece. Si evitamos caer en estos extremos, sin que nuestros ojos estén cerrados como cuando dormimos, ni totalmente abiertos como en el completo estado de vigilia; sino parcialmente abiertos y dirigidos al punto central de la nariz, el equilibrio se convertirá en nuestra propia naturaleza y además, se llegará fácilmente a la concentración.

Desde luego, esto no significa que fijar la atención en la punta de la nariz será suficiente. Es una medida inicial; después de concentrar ahí la atención, se la deberá dirigir hacia el Nombre y la Forma que se tenga en mente; eso será meditación. Cada año divino equivale a 360 años de los hombres mortales.

Cuando estén sumergidos en la repetición del Nombre (japa) y la meditación (dhyana) es posible que otros pensamientos empiecen a distraerlos; pero no les deberán preocupar, no encierran muchos peligros. Al iniciar la práctica de la repetición del Nombre, siéntanse para ello con entusiasmo. Si una tarea se comienza con firme determinación, no hay impureza que pueda afectarla. Lo que deben observar es que estén puros cuando empiecen la repetición del Nombre y la meditación. Tampoco se deben preocupar por las formalidades del procedimiento. Simplemente, escojan el Nombre que les guste y la Forma que tiene. Ese Nombre mismo será el mantra (fórmula mística de gran poder). El mantra es todo, es siempre puro y activo. Pero no se deberá cambiar de nombre y forma a nuestro antojo, y usar uno un día y otro diferente al siguiente. Cualquier nombre y forma que les haya dado contento desde la primera vez que los invocaron, son los que se deberán conservar a partir de entonces, sin desviarse de ellos. Sin lugar a dudas, quedarán implantados en su corazón. Después, todo empezará a ocurrir a través de su gracia. Pues si al obrero se le ordena cavar la tierra, su trabajo será, simplemente, seguir cavando; sólo el jardinero sabrá cuánta tierra y de qué manera se ha de colocar debajo de qué planta. De modo que la orden es: «¡Practiquen la repetición del Nombre!» Siempre y cuando ustedes continúen efectuando este trabajo, El mismo les marcará la dirección y la manera mejor de enmarcarlo.

El valor del Nombre y la Forma consiste en la educación que le dan a la mente. ¿De qué sirve entrenar a un caballo que ya ha sido enseñado? Es al caballo indómito al que se debe someter por medio de diferentes métodos. De manera similar, para la mente indómita tenemos la oración, los cantos devocionales, la repetición del Nombre y el recuerdo de la Forma. En las etapas preliminares, el caballo corre en muchas direcciones; pero el entrenador no debe preocuparse por esto; sólo debe sujetar fuertemente las riendas. Naturalmente, la mente también corre en diferentes direcciones cuando se inicia en la práctica de la recordación y repetición del Nombre, pero uno no debe desmayar, ni dar lugar a la indecisión, la ansiedad o la desesperación. ¡Sujeten bien las riendas! En poco tiempo controlarán lo que dicen y piensan. Lo único que no deberán permitir es que nada que los haga olvidar el Nombre del Señor se interponga; y a su debido tiempo, ustedes mismos se darán cuenta de los beneficios que el Nombre les reportará.

No deseen comer fruta desde el momento en que el árbol joven se planta. No arranquen y mastiquen las ramitas y hojas pensando que «de ahí deducirán el sabor del fruto»… Si lo hacen así, no podrán disfrutar la dulzura del fruto; además, la planta misma no sobrevivirá.

Así, la tarea de ustedes es sencillamente cultivar el retoño incipiente llamado el Nombre del Señor. Mientras lo practiquen no deben dudar y preguntarse si verdaderamente tiene la gloria que se le atribuye. Ese retoño, sin duda alguna, crecerá hasta convertirse en árbol y dará el fruto que esperan comer. Ustedes lo pueden lograr, el Nombre del Señor tiene la capacidad de dar tal fruto. Por lo tanto, el propósito de la concentración es que ustedes se aferren al Nombre del Señor sin cambiarlo y mantengan la Forma siempre presente. En la red de la recordación del Nombre no debe haber ningún agujero; es decir, que siempre debe hacerse, sin pausas ni intermedios. Si se deja una brecha, un espacio abierto, ¡el fruto que haya caído en la red puede escaparse por ahí! Practiquen la meditación hasta que su mente esté firmemente bajo control. Esa es la tarea primordial.

Dejen que la mente corra por doquier, pero tengan cuidado en no seguirla, esperando descubrir hacia dónde va. Entonces, deambulará por aquí y por allá a su antojo, y pronto, ya cansada finalmente, regresará a ustedes. Es como un niño, que nada sabe. Puesto que la madre lo sigue, llamándolo hacia ella, se arma de valor y de confianza para avanzar en cualquier dirección; pero si la madre no corre tras de él y se vuelve atrás en silencio, el niño regresa a ella por sí mismo.

No presten atención a las divagaciones de la mente. Ejecuten la repetición del Nombre y la meditación del nombre y forma que más les agrade, de la manera en que estén acostumbrados; así alcanzarán concentración y realizarán el deseo de su corazón. No ocupen sus pensamientos con la idea de la pureza o la impureza mientras hacen esta práctica de meditación. No hay nada impuro en el mundo. Si el Señor es inmanente en todas partes y en todo, ¿cómo puede algo ser impuro? Aun cuando algo aparente ser impuro, en el mismo momento que se pone en contacto con el Nombre del Señor se purifica.

Pongan atención en este punto: si al responder al llamado de la naturaleza alguien encuentra un tesoro, ¿dudará en tomarlo porque se siente impuro en ese momento? La pureza y la impureza son el resultado de las reacciones mentales a un momento en particular. Cuando alguien da dinero por caridad, lo da hablando del favor que concede y de la pureza de su acción. Pero cuando tiene la oportunidad de procurarse dinero, cualquier momento le parece favorable. La razón de ambas actitudes reside en la mente.

Similarmente, ningún pensamiento de pureza o de impureza les incomodará si tienen entera fe y amor por el Nombre del Señor. Por otra parte, si sienten cierto apremio y descontento, todo tipo de obstáculos superables e insuperables se presentarán. Por lo tanto, desechen todo sentimiento de ese tipo. Fortalezcan la fe en la inconmovible santidad del Nombre y su Forma correspondiente. Crean con firmeza que toda cosa se santifica por medio de Su Nombre.

Cultiven el Amor por el Señor; su potencialidad es infinita. Una cadena de acero puede ser rota fácilmente, pero no así la cadena del Amor que nos une al Señor. Incluso el más cruel de los animales es subyugado con amor. ¡Es la maya (el mundo ilusorio) del Señor! ¡Qué labor bendita sería si las aguas de este Amor se dirigieran no a los lagos y bajos en las desviaciones del río, sino al océano de la gracia del Señor! Entonces, el individuo se daría cuenta del propósito de la vida. Esta es la más excelsa Liberación (moksha) . Dirigir sin interrupción el Amor hacia el Nombre y Forma del Señor; he ahí a la meditación de verdad. No confundan esta estancia temporal con su morada eterna. Ni tampoco deben descorazonarse ante los problemas pasajeros y las tragedias efímeras. Sumérjanse en el esfuerzo por alcanzar al eterno Señor. Toda cosa en este mundo está sujeta al deterioro; si no hoy, tal vez mañana, pero está destinada a desintegrarse, ¿verdad?

No es correcto rechazar al Señor, quien está ligado a ustedes eternamente, extraviándose en el mundo, ¡con el qué están ligados por unos días únicamente! Como ha sido escrito: «…Los parientes nos acompañan hasta la entrada del cementerio, y tal vez hasta la fosa; pero recordemos que nuestro pariente verdadero es el Señor». El nunca los abandonará. Teniendo en cuenta el número de nacimientos por los que han pasado, ustedes han tenido innumerables madres y padres, esposas y maridos, hijos e hijas, amigos y enemigos, pero ¿subsisten hoy en día? ¿Acaso esos familiares recuerdan tales parentescos? Ustedes no son nada para ellos, ellos no son nadie para ustedes. Pero tanto ustedes como ellos tienen al Señor en común, como el pariente inmutable; El subsiste a lo largo de todos los nacimientos. El es eterno. El cuida de ustedes de nacimiento en nacimiento. ¿Puede haber mayor tragedia que olvidar a semejante Señor? Llega un momento en que los sentidos se debilitan e incapacitan, rehusando funcionar; en que los familiares, la mujer, los hijos y los amigos rodean nuestro lecho de muerte, mientras que los mensajeros de la muerte nos apremian a emprender el camino sin tardanza… ¿Quién de nosotros puede saber cuándo y cómo será llamado? Antes que llegue ese momento, estemos preparados con el pensamiento de Dios.

Recitación silenciosa (japamala)  

El japamala (rosario) les enseña la unidad, aunque tiene 108 cuentas. Si es de cuentas de cristal, pueden ver el hilo que pasa por cada una de ellas, la realidad interna sobre la cual todo está enhebrado. Si las cuentas no son transparentes, siguen sabiendo que la cuenta pasa a través de éstas y las mantiene juntas y es la base sobre la cual el rosario existe.

¿Por qué 108 cuentas? Ciento ocho es el producto de 12 por 9. Doce es el número de Adityas, las luminarias que revelan el mundo objetivo y de ese modo son los símbolos del aspecto sakara (del mundo de nombres y formas, de la multiplicidad, de la aparente variedad, de las fugaces imágenes); nueve es la pantalla sobre la cual aparecen las imágenes, la base, la cuerda que los engaña haciéndolos creer que es una serpiente en la penumbra; Brahman, el Absoluto Eterno sin nombre y sin forma. El 9 es el número de Brahman, pues es siempre 9, no importa cuántas veces lo multipliquen. Es inmutable, pues 9 multiplicado por cualquier número suma siempre 9. Así, cuando van pasando las cuentas, impriman en su ser el hecho de que hay verdad y ficción en el mundo, que la apariencia atrae, distrae y se deleita en engañarlos, en desviarlos por caminos tortuosos, pero la verdad los libera.

Ahora, hablemos de pasar las cuentas. Antes que nada deben conocer el simbolismo de los dedos. El dedo pulgar representa a Brahman, el Eterno Absoluto, el Principio inmanente. El dedo índice, que señala a esto y aquello, ustedes y el otro, es el individuo, que se siente separado y distinto. Cuando estos dos se unen en la punta, sostenidos en esta posición, es el gesto de la sabiduría o Jñana Mudra, pues la sabiduría consiste en que el individuo se vuelva uno con Dios, la fusión de aquello que sentía haber emergido. Los otros tres dedos representan a la naturaleza, el mundo objetivo, que es negado cuando se efectúa la fusión. Son las tres características de la naturaleza o gunas, el sátvico (pureza), el rajásico (pasión) y el tamásico (inercia), que con su interacción crean el mundo fenoménico.

Sostengan el rosario encima del dedo del corazón, manteniendo los tres dedos de los gunas juntos. Esto significa que están ahora trascendiendo el mundo de los atributos y de las cualidades, del nombre y de la forma, de la multiplicidad que es la consecuencia de toda esta transformación, y avanzando hacia el conocimiento de la Unidad. Ahora el dedo del individuo pasa lentamente cada cuenta hacia el dedo pulgar (Dios), tocando la punta de éste cuando la cuenta pasa por él, para que la fusión sea enfatizada con cada cuenta y cada aliento, pues mientras los dedos aprenden y enseñan la lección, la lengua también repite el mantra o el nombre, junto con el Pranava Om. El rosario es muy útil para los principiantes en la práctica, pero a medida que progresen esa repetición debe volverse el aliento mismo de su vida, y así la rotación de las cuentas se vuelve un ejercicio superfluo y pesado en el cual ya no tendrán interés. Siempre, en todo momento, en todo lugar, se está meditando sobre el Señor (Hari). Ése es el nivel al cual debe llevarlos el rosario o japamala. No deben estar amarrados a él para siempre; es sólo un medio para ayudar a la concentración y a la contemplación sistemática. El salvavidas debe ser abandonado una vez que han aprendido a nadar, dejan las muletas cuando ya pueden caminar. (Fuente: DD Dharmakshetra, Bombay, 10 V 69)

Meditación en el Soham

…Tomen la determinación de visualizar a Shiva, quien es el Poder Interno de todos. En cada respiración ustedes repiten «Soham~ «Yo soy Él», y no sólo ustedes, sino todo ser vivo en la creación. Esto es un hecho que siempre han ignorado. Acéptenlo ahora. Cuando observen su respiración y mediten en esa gran verdad, Yo soy Él, lentamente ambos se fundirán, y para siempre desaparecerá la dualidad. Soham se habrá transformado en Om, el sonido primigenio; el Pranava que los Vedas proclaman como el símbolo del Absoluto Universal, subyacente en todo, sin forma.

Ese Om es la propia forma, la realidad detrás de toda esta «irrealidad relativa». Ésta es la práctica más genuina, el trecho final en el progreso del buscador. Pero antes de ésta, hay muchas etapas preliminares, cada una de las cuales requiere mucho esfuerzo y perseverancia. Para empezar, yo les aconsejaría ser fieles a un solo nombre de Dios, una personificación de uno de los innumerables atributos de su gloria; además de la expansión de su amor, la eliminación del odio y la envidia de sus mentes, viendo al Dios que adoran en cada persona con tanta claridad como lo ven en ustedes. Así se convertirán en encarnaciones de amor, paz y felicidad».

OM SRI SAI RAM